SPANISH BO 2013

Lección de una anciana egipcia


La capacidad de la mente humana de creer en lo que quiere, aun en contra de cualquier probabilidad, es asombrosa.

El Midrash Hagadol relata el episodio siguiente: Cuando Moshé profetizó acerca de la muerte de los primogénitos, mencionó que habría un gran clamor en toda la tierra de Egipto, como jamás se había oído y jamás se volvería a repetir (Shemot 11; 6) Una anciana egipcia se le acercó a Moshé y le dijo: “¡Eres un profeta falso! Yo soy una mujer anciana, no tengo padre, ni hermanos o hijos; ¿por quién habré de llorar? Al decir que toda la tierra de Egipto llorará y gritará, has mentido. Yo no lloraré ni gritaré”.

Moshé le respondió: “te prometo que tú se serás la primera en gritar”.

En aquella época, los egipcios acostumbraban a esculpir en barro una escultura de los primogénitos difuntos, como recuerdo. Esta mujer tenía un hijo primogénito que ya había muerto, y todos los días, después de desayunar, solía bailar delante de la escultura de su difunto hijo (los egipcios reverenciaban a los primogénitos como dioses). ¿Qué hizo? En base a la profecía que no habría “ninguna casa sin un muerto” (Shemot 12,30),  dejó la escultura de su hijo sobre el techo de la casa, para que no fuera golpeada por la plaga. Ella comprendió las palabras literalmente y creyó que la profecía no incluía a los primogénitos que se encontraban afuera.

Como era de esperar, ni bien comenzó la noche de la plaga, los perros se lanzaron sobre la escultura del primogénito y la terminaron devorando. Ella lloró, gritó y pegó alaridos; y su clamor se oyó en toda la tierra de Egipto… (Midrash Hagadol). Ella fue realmente la primera en gritar.

El suceso es un tanto extraño; ¿qué pretendía la mujer? Si no tenía un hijo primogénito, ¿cómo osó desafiar a Moshé, llamándolo un mentiroso? Además, ¿a quién le importaba lo que esta mujer tenía para decir, especialmente después de que Moshé se había demostrado fiable en todas las plagas anteriores, cumpliéndose todo lo predicho por él? Es más, ¿cómo es posible que los gritos de esta mujer por la escultura de su hijo hayan superado en valor a las de todas las madres egipcias que lloraron aquella noche por la pérdida de sus primogénitos vivos?

Creo que la respuesta reside en que esta mujer estaba desmintiendo. Ella no quería creer que Di-s del universo estaba en contra de los egipcios. Cuando alguien trata de desmentir, cualquier nimiedad percibida por él que pone en duda la verdad, es suficiente para hacerle sentir la validez de su postura. Esta anciana egipcia encontró un punto en las palabras de Moshé que le permitía demostrar, o al menos así ella lo creía, que se trataba de un profeta falso. Cuando encontró un punto aparentemente equivocado sobre el cual apoyarse, afirmó que toda la profecía era un fraude. Y al reconocer su error, su clamor fue más fuerte que el de cualquier otro. Este llanto, el de quien se da cuenta que estaba desmintiendo una realidad, es mucho peor que el de quien perdió a su hijo primogénito.

Vemos que Moshé fue extremadamente cauteloso en no dejar duda alguna de sus palabras y no dar a entender ambigüedades. Y si bien escuchó de Di-s que la plaga de los primogénitos habría de ocurrir exactamente a la medianoche, él no transmitió el mensaje de esta forma, sino que dijo “aproximadamente a la medianoche”; para evitar que los egipcios desmintieran su profecía diciendo que la plaga no había sucedido justo a la mitad de la noche. Dado que ellos no podían saber exactamente cuándo era la medianoche y sin duda declararían que Moshe había mentido. (Rashí 11,4)

Los más grandes creyentes son los ateístas. Ellos creen, por más absurdo que parezca, que no hay Di-s. No tienen pruebas – sólo un puñado de preguntas que desafían la creencia opuesta. El hecho que existan mucho más preguntas que desafían su creencia, no les mueve en absoluto; pues eso es lo que optaron por creer.

Cuántas veces nos encontramos en una postura de preferir no creer algo que nos cuesta o nos molesta creer. No aceptamos evidencias que nos añaden responsabilidad. Este es un atajo sin sentido. Al final, cuando veremos claramente que es imposible negar habernos equivocado, el llanto será tan desgarrador como el de la mujer que se aferró a su creencia a toda costa. Es mucho más sano enfrentar la realidad y vivir con ella, pues a fin de cuentas, eso es lo único que prevalece: la realidad.

 

Preguntas de los valientes

 

Di-s ordenó a Moshé lo siguiente: Habla por favor a los oídos del Pueblo, para que pidan (prestado) los hombres de sus compañeros y las mujeres de sus compañeras, utensilios de plata y oro (11, 2). El Iben Ezra (Shemot 12, 35) escribe que cada judío pedía prestado utensilios de acuerdo a su nivel de personalidad (כפי מעלתו). Señalando también, que más adelante en la Torá, encontramos que los Nesiim (líderes de las tribus) pidieron utensilios especiales que ningún otro había podido pedir; entre ellos las piedras preciosas, perfumes y aceites que posteriormente donaron al Mishkán.

¿Qué privilegio tenían los Nesiim? ¿Por qué sólo ellos podían pedir estos elementos? ¿Acaso no podía cualquier judío pedir prestadas estas cosas? ¿Acaso era necesario poseer una personalidad y características elevadas para pedir prestados estos valiosos artículos?

Rabí Jaim Chechik zt”l contesta a estas preguntas con un magnífico razonamiento: el esclavo judío necesitaba armarse de muchísimo coraje para acercarse a un egipcio y pedirle prestado utensilios costosos. Después de 210 años de esclavitud y apocamiento, humillación y deshonra, el esclavo judío vestido con harapos manchados de sangre debía acercarse por orden Divina a la lujosa casa de su patrón y pedirle prestado sus utensilios más valiosos. ¡Muchos no podían enfrentar esta tarea, ciertamente imposible! Por eso, en lugar de pedir los artículos más costosos, se conformaron con pedir simplemente una aguja o un salero.

Esta baja autoestima del esclavo judío era precisamente lo que el Faraón había esperado: y así como lo demuestra la dificultad en obedecer la orden Divina de pedir utensilios valiosos de los egipcios; muchos judíos habían perdido su autoestima. A punto tal, que incluso la idolatría era común entre los judíos.

Sin embargo, había ciertos valores que el judío de Egipto jamás cedería: su nombre judío, el lenguaje y forma de hablar de un judío y su forma de vestir. Esto es lo único que les quedaba.

Y aun así, había también algunos judíos capaces de mostrarse orgullosos de quienes realmente eran. Para ellos, pedir artículos valiosos de las casas de sus patrones, no representaba una dificultad. Es verdad, después del holocausto físico y emocional que los judíos habían atravesado, esto requería de mucho coraje; pero eso era justamente lo que Di-s esperaba antes de la redención. Vemos en la profecía original que recibió Moshé al lado del arbusto ardiente, cuando Di-s había “visto” todo el sufrimiento que los judíos debían soportar, le dijo a Moshé: “Una mujer pedirá prestado de su vecina… utensilios de plata y oro y prendas de vestir, y se las vestirán a sus hijas” (Shemot 4,22). Cabe preguntarse, si bien Di-s debía cumplir Su promesa para con Avraham, que sus hijos saldrían con grandes riquezas, ¿por qué debía lograrse precisamente de este modo? Además, en medio de todo el sufrimiento, ¿a quién realmente le interesaban estos utensilios valiosos? Justamente, el objetivo de Di-s era que el judío se armara de coraje y le pidiera prestado a su patrón incluso el vestido favorito de su esposa. Es más, si observamos más de cerca el versículo anterior, notaremos algo extraño: las mujeres pedirían prestadas vestimentas a sus vecinas, para vestir a sus hijas. ¿Por qué para las hijas y no para las mujeres mismas?

Cierta vez escuché una respuesta muy sabia de un Rabino jasídico: pues las vestimentas de las mujeres egipcias eran cortas y no recatadas. Y esta no era la forma de vestir de las mujeres judías. Sin embrago, las polleras cortas y mangas cortas quedaban largas y suficientemente recatadas como para vestir a las piadosas niñas judías. La vestimenta recatada es lo que nos hizo salir de Egipto. Estar orgullosos de nuestra identidad recatada. Ser capaces de armarse de valor para pedir prestado el mejor atuendo, conscientes de que una vez entregado el vestido, la mujer egipcia lo vería puesto en una pequeña niña judía. ¿Cómo se medía el nivel de grandeza de un judío? Según su coraje y orgullo de ser judío, a pesar de la opresión egipcia. Los Nesiim fueron capaces de permanecer tan orgullosos de su identidad, como para ir directamente a la casa del egipcio más rico y poderoso y pedirle las piedras más valiosas y exclusivas de Egipto. Y, por supuesto, las recibieron. Pues cuando un judío confía en su identidad a pesar de las dificultades que atraviesa, puede llegar muy lejos. Este coraje y autoestima probablemente hayan sido lo que destacó a los Nesiim del resto. Coraje, valor judío.

Si tan sólo pudiéramos mirar hacia dentro nuestro y formularnos las preguntas de los valientes… Debemos exigirnos extraer los diamantes de bien adentro. Debemos exigirnos revelar la maravillosa personalidad que tenemos adentro. Las midot. La felicidad de ser judíos. Debemos insistir en reconocer el orgullo del pasado de  nuestro Pueblo. Los tiempos han cambiado y los roles también; pero el principio no. Lo único que nos queda por hacer, es pedir.


Puedes no saber

 

Aquí, en Israel, los niños cuentan un chiste sobre un padre y un hijo que salieron juntos a caminar. El niño se dirigió al padre: “Papá, ¿por qué el fuego sube?”. “No lo sé, querido hijo”, le respondió. Algunos minutos después, el hijo preguntó nuevamente: “Papá, ¿por qué el sol es amarillo y no rojo?”. Otra vez el padre le respondió: “no lo sé, querido hijo”. Pronto, el hijo apareció con una tercera pregunta: “Papá, ¿por qué el cielo es azul?”. Y otra vez un “no lo sé, querido hijo”. El niño permaneció callado por algunos minutos y luego alzó la mirada hacia su padre y le preguntó: “Papá, ¿te molesta cuando te hago preguntas?”. El padre le respondió: “querido hijo, si no preguntas, nunca sabrás”.

Hasta aquí el chiste, y ahora a nuestra Parashá, de la cual Rabí Zusha extrae una importante lección: una lección para la vida. Di-s le dijo a Moshé en Egipto, que a medianoche (בחצות), exactamente a la mitad de la noche, ocurrirá la plaga de la muerte de los primogénitos. Ahora sí, es prácticamente imposible saber cuándo es justo aquel segundo. Por otro lado, cuando Moshé transmitió la profecía acerca de la décima plaga, no dijo “a medianoche”, sino “aproximadamente a medianoche” (כחצות). Esta modificación requiere de una explicación.

El Talmud en Berajot (4a) dice que Moshé mismo sabía exactamente cuándo era la medianoche y, aun así, nuestros Sabios destacan que למד לשונך לומר איני יודע שמא תתבדה ותאחז – la persona se debe acostumbrar a decir “no sé”, para no llegar a decir algo impreciso y ser visto como mentiroso. Rashí expone cuál fue el pensamiento que impulsó a Moshé a cambiar sus palabras: “diciendo que la plaga comenzará exactamente a la mitad de la noche, quienes no saben justo cuándo es, creerán que me equivoqué por algunos segundos, despertando así dudas acerca de la veracidad de mi profecía. Podrían llegar a decir que no fue la Mano Divina. Es preferible decir que no sé cuál es el preciso segundo en el que la plaga sucederá, a fin de que no ocurra semejante error”.

Uno de los discípulos le preguntó, entonces, a Rabí Zusha: si Moshé sí sabía exactamente cuándo habría de suceder la plaga, ¿por qué hizo como si no lo sabía?

Rabí Zusha le respondió que Moshé transmitió un “no sé” completamente honesto. Él realmente no sabía cómo decírselos de tal manera que no comprendieran erróneamente sus palabras. A veces, cuando la persona sabe qué decir, pero no sabe cómo transmitirlo para que sus oyentes lo comprendan, puede ser mejor decir directamente “no sé“.

Yo lo presencio muy a menudo. Veo frecuentemente que al ser consultados por asuntos espirituales, médicos, económicos, de salud mental, educación y demás, muchos responden sin realmente estar seguros de lo que dicen. Supongo que aparentarían ser más sabios si antepondrían un “no sé, pero supongo que…“. Si no estás seguro, entonces indícalo. La gente te respetará más, no menos. Es más, si no estás seguro de que tu oyente logrará comprender a qué te refieres, también es preferible que digas no sé.

Poco tiempo atrás lo experimenté personalmente: un joven al que trataba de orientar, se encontraba en un gran dilema y me presionaba para que le diera una respuesta que le ayudara a decidir; pero yo no la tenía. Mientras tanto, me dirigí a mi maestro y le expuse la pregunta de este cliente, tratando de ser lo más preciso posible. El Rabino me respondió: “no sé, nunca estuve en una situación similar a la del muchacho, de modo que no sé qué decirte”. Conversando un poco más acerca del problema, llegamos a una posible respuesta para el joven. Sin embargo, mi Rabino me dijo: “sé que esta es la respuesta, pero no sé cómo decírsela al muchacho de tal manera que comprenda a qué me refiero. Y si me malinterpreta, es muy probable que tome una decisión incorrecta en base a mis palabras”.

Lo que hace a una persona inteligente no es simplemente lo que sabe, sino también “saber lo que no sabe”. Para mí, esta es una magnífica herramienta de aprendizaje. Cuando no entiendes algo, en lugar de pensar en eso o refundirlo a fin de lograr resolverlo; es conveniente aclarar primero lo que sabes en la materia y apuntar exactamente qué es lo que no entiendes. Así, a veces la mente se lo imagina y las cosas comienzan a tener sentido. El problema es cuando no entendemos un 25 % de la información, o para ser exagerados, no entendemos nada. En desesperación, tendemos a apagar el “motor del estudio” y comenzamos a desconcentrarnos y “volar”. Pero si primero aclaramos lo que sí sabemos y vemos exactamente qué es lo que no entendemos, las cosas comienzan a encuadrar y tener sentido, llegando eventualmente a un 100% de comprensión. Es una maravillosa herramienta de estudio. Inténtala. Funciona.       

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